Efímera felicidad

Efímera felicidad
Tras varias semanas de reparaciones, el Peregrina estaba listo para salir a navegar de nuevo. Eran muchas las personas que me habían preguntado acerca de cuando los iba a sacar a dar una vuelta en el barco, así que para el primer día tiré de orden de petición. Venían conmigo mi hermana Cris y dos amigas más: Laura y Gloria. Salimos de Portonovo con idea de ir hasta Beluso, pasar una jornada tranquila y volver a media tarde pues se iba a levantar viento.
Nada más salir por la bocana izé la mayor, soplaba una ligera brisa del oeste, por lo que el génova nos permitiría descuartelar hasta llegar a Beluso. Me fijé muy mucho en el tope del palo al abrir el génova, y pude comprobar que el separador de driza en el tope del enrollador funcionaba correctamente.  La travesía era apacible, soplaban unos 8 nudos, y yo me sentía flotando de felicidad, la Peregrina navegaba de nuevo.
Al final cayó el viento y hubo que hacer el último cuarto del recorrido a motor, por lo que en algo menos de una hora estábamos en Beluso. Allí íbamos a amarrar al pantalán de cortesía, pero ya que estaba lleno, optamos por fondear por fuera del espigón y comer, darnos unos baños y tomar el sol. Al poco rato, llegó un amigo en otro barco que tenía alquilado con opción de compra durante todo el mes de agosto. Dado que su barco era de mayor eslora, 2 metros más, levanté el ancla y me abarloé al mismo echando de nuevo el ancla por proa.
A la vuelta, subí la mayor con dos rizos y abrí sólo un tercio del génova. Navegamos sin problemas durante media milla, antes del fatal acontecimiento. Un obenque bajo de babor rompió por la presilla que cierra la gaza que agarra al tensor: como resultado el palo se vino abajo y se salió de la pieza del pie del palo. Al entrar en el agua, hizo de freno y se dobló justo por debajo de la cruceta. Lo primero que pasó por mi mente fue esa frase que tanto me repitieron mientras estudiaba el PER. “Lo principal, es mantener la calma”. Por suerte, la arboladura cayó hacia estribor estando todos los tripulantes a babor y en la bañera, por lo que nadie sufrió ninguna herida.
Bajé la cola del motor, recogí con la mano todos los cabos y drizas que se podrían enredar en el mismo y puse rumbo a Beluso de nuevo para fondear y recoger toda la “desfeita”. La verdad es que navegar arrastrando la mitad de la jarcia con la mano es bastante jodido. Conseguimos llegar de nuevo a Beluso y echamos el ancla de nuevo, por lo menos estábamos seguros.
El paso siguiente era tratar de recoger todo y subirlo a bordo. Al ver el palo todo doblado ya me di cuenta de que no se podría arreglar fácilmente, aún así, había que tratar de recuperar todo subiéndolo a bordo. Solté todos los obenques, estays y backestay, pero el del enrollador no permitía subir el palo a bordo. Gloria se tiró al agua para mover el enrollador, la jarcia o incuso el palo para facilitarnos la tarea y Cris y Laura desde la cubierta tiraban del palo para que no se fuera al fondo. En aquel momento nos ofreció su ayuda un “dornero” que con ayuda de mi herramienta multiusos suiza serró el estay en el tope del enrollador. Tras eso pudimos subir todo a bordo: ¡habíamos salvado las velas! Pedí a las chicas que se metieran dentro de la cabina mientras yo aseguraba todo en cubierta y tras eso pusimos proa a Portonovo. Durante el camino de vuelta más de un barco se interesó por nosotros. La verdad es que esa camaradería en el mar me encanta.
Muchas veces ha pasado por mi mente la posibilidad de la rotura del palo, poniéndolo siempre como ejemplo de un caso en el que “me quedaría sin barco”, ya que es una reparación muy cara, y un gasto muy difícil de explicar si tenemos en cuenta el valor del barco. Durante todo el camino de vuelta no podía sacarme eso de la cabeza, la verdad es que fue un rato muy duro, un rato en el que sólo había que llevar la caña y te permitía darle vueltas a todo, para colmo se levantó un mar del NW de mil demonios, que hicieron la travesía muy incómoda. Faltaba llegar a puerto y desmontar todo, pero eso lo dejo para otro artículo.

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